Ella no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Ni sus amigas, ni su familia, ni ninguna persona del universo o de aquellos planetas donde su cabeza se llevaba horas y horas imaginando. Ni siquiera él.
Simplemente creyó que no era nada de entender, sino de aceptar. Así que cogió su maleta y siguió su camino. Nada debía de afectarle e incluso durante varios meses la vida le sonrió, salía, se reía y hasta conoció gente nueva. Gente maravillosa que le hizo olvidarse de aquella tormenta. Lo que se le puede llamar todo un éxito pues en cuestión de poco tiempo la vida le había cambiado demasiado. No necesitaba mirar atrás, y si lo hacía era para ver lo alto que había llegado.
Sin embargo, dicen que el tiempo pone a cada uno en su lugar...y de todo lo que tenía más que claro, empezó a tener dudas...Dudas que te atormentan, que no la dejaban vivir tranquila como antes lo hacía.
¿De dónde provenían esas dudas?
La duda era él. Era su sonrisa, sus ojos, los momentos de ambos abrazándose, besándose...La duda era si volver a subir a las nubes con él, o correr delante para que él no pudiera alcanzarte y que le acabara pillando hasta caer juntos en la arena de la playa. Reírse, rodar... La duda era él.
Dicen que con el tiempo todo se entiende.
